Desde el puente de los sueños: Mascarillas en el corazón

El pasado domingo, 27 de septiembre celebrábamos la 106 Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. Supongo que el vivir donde vivo, en la ciudad fronteriza de El Paso, Texas, y el tener el muro tan cerquita, hace que el corazón lata más intensamente en un día tan especial.  Quizás sea también esa  la razón por la que el mensaje del Papa Francisco me ha calado bien hondo. Y es que, las palabras llegan al corazón cuando salen del corazón. Y en el corazón del Papa tienen un lugar privilegiado los inmigrantes, como lo tendrían en el de Jesús de Nazaret.

Nos recuerda el Papa en su mensaje, que la crisis mundial causada por la pandemia del COVID-19, ha hecho que olvidemos otras emergencias humanitarias que afligen a millones de personas, entre ellas los desplazamientos por causa de la guerra, de la delincuencia, del hambre… De alguna manera, la mascarilla tan recomendada, se la hemos puesto también al corazón.  Incluso el cumplimiento de la norma de poner al menos un metro y medio de distancia para evitar el contagio, hace que nos resulte lógico poner también suficiente distancia con el dolor ajeno, la suficiente para anestesiar el corazón. Y es que sabemos de sobra que ojos que no ven, corazón que no siente.

Insiste el Papa Francisco que  este no es tiempo de olvido, que no es tiempo de olvidar los sufrimientos de tantas personas. Esto me hace recordar la experiencia vivida en Sierra Leona en tiempos del Ebola. El sentimiento de impotencia al tener un niño con malaria entre los brazos sin poderlo llevar a ningún sitio, porque los hospitales estaban colapsados y sin atención médica.  El Ebola hizo que muriesen infinidad de niños por causa de la malaria, el cólera, la desnutrición, el tifus…, sin que nadie hiciese nada por evitarlo por miedo al contagio. Hoy, el COVID-19 mata también de soledad, de abandono, de ansiedad, de hambre…

Nos recuerda también en su mensaje, que Jesús experimentó, junto a sus padres, la trágica condición de desplazado y refugiado, marcada por el miedo, la incertidumbre, las incomodidades. Lo mismo que viven hoy millones de familias en el mundo. Se te encoge el alma cuando conoces y hablas con familias que llevan meses en Ciudad Juárez esperando poder arreglar sus papeles como refugiados.  Han debido de huir de su País para salvarse, pero eso ya ni cuenta en los trámites migratorios, a no ser que se trate de una persecución política demostrable.  Y cada vez se catalogan más las historias como “no creíbles” en los juzgados.

No puedo amar  a quien no conozco, tampoco puedo servirle. Solo calzándome sus zapatos, podré llegar a entender los problemas del inmigrante.  Tenemos la costumbre de reducirlos a puros números o estadísticas. Pero no son números, son personas. Solo acercándonos a ellas lograremos comprender sus historias. Les pasó a mis sobrinos Laura, Ana y Javier en su visita a Sierra Leona. A partir de su viaje, los que se subían a las pateras ya no eran inmigrantes anónimos. Podían llamarse Medo, Fatu, Foday , Isata, como sus nuevos amigos. Y también llegaron a comprender el por qué  se puede dejar  la tierra que se ama y jugarse la vida en el mar, guiados por traficantes sin escrúpulos del dolor ajeno.

Lo que pasa, es que desde intereses económicos creados e inconfesables se nos presentan como indeseables, ladrones y  criminales. Y es entonces cuando nacen los miedos y los prejuicios que nos hacen mantener la distancia y nos impiden acercarnos como prójimos y servirles con amor.

Si algo hemos aprendido en estos meses es que todos estamos en el mismo barco. Y que el compartir es la única manera de crecer como ser humano, como comunidad y como País. Que debemos de involucrarnos e involucrar a las personas en su propio desarrollo, juntos, sin dejar fuera a nadie, porque nadie se salva solo.

Nuestro Obispo Mark Seitz dijo a los hermanos y hermanas migrantes: “¡Estamos con ustedes!”

“Como su obispo, me comprometo a estar con ustedes en este tiempo de ansiedad y miedo. Prometo escucharlos, celebrar con ustedes, compartir el pan con ustedes, orar con ustedes y llorar con ustedes”, dijo. “Ustedes tienen una dignidad que ninguna ley o tribunal terrenal puede quitarles. Sus familias enriquecen nuestra comunidad y fortalecen nuestras parroquias. Su perseverancia, dedicación y entusiasmo por un futuro mejor renuevan nuestra esperanza”.

Ole, por mi Obispo. Amen.

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