Desde el puente de los sueños: silencio

Todos tenemos una historia que contar, y todas son apasionantes. A mí me toca contar la que vivo, que no es ni mejor, ni peor que otras. Me han pedido que la siga contando y lo voy a hacer intentando no juzgar los acontecimientos, simplemente contarlos como los vivo y como los siento en ese momento. Sabéis que sigo en El Paso, Texas, frontera con Ciudad Juárez, México. La zona que a mí me da por llamar el Puente de los Sueños, a pesar que la mayoría de ellos se estrellen contra el muro. Y esto, el vivir en este lugar, hace que me sienta privilegiado por el mestizaje de culturas que eso conlleva, y que me enriquecen como persona.

Hace cuatro días fue encontrado otro cadáver en el rio grande. Se desconoce la identidad, solo que es un joven como de 23 años. Se difundió un video donde se veía a la lancha de la patrulla fronteriza arrastrando el cadáver. Luego, silencio. Nadie se hizo eco del suceso, quizás porque de tan repetitivo ya no nos toca el corazón.

“¡Cuántas vidas más debe tomar el río antes de que el MPP (Protocolos de Protección al Migrante, en sus siglas en inglés), se detenga! Familias, niños, bebés sufriendo porque nos negamos a dejarlos entrar en los EE.UU. para seguir un proceso de asilo. ¿Por qué? Todos vimos con lágrimas en los ojos cómo el cuerpo era arrastrado por el barco”, nos dice la Hermana Pimentel de Caridades Católicas. Lo más triste es que la pregunta no tiene respuesta.

Mientras tanto, el sueño de mi gente es que la vida cambie después de las elecciones presidenciales que tendrán lugar en solo dos meses, en noviembre. No creo que el pueblo de Israel esperase al Mesías con tanta expectación como aquí esperamos esas elecciones.

Prensa, radio y televisión nos bombardean cada minuto con las bondades del presidente actual y el cataclismo al que nos expondríamos en caso de no votar la reelección. Lo propio hace el partido de la oposición. Y nos les duelen prendas en aturdirnos con banderas nacionales, himnos y promesas, invitándonos a unirnos a su partido demostrando nuestro patriotismo. Como si ser patriota se redujese únicamente a portar una bandera. Ser patriota es querer que tu País sea realmente grande de nuevo; que tu País no olvide sus raíces migratorias; que tu País no te discrimine por tu credo, sea político o religioso, o por tu piel; que tu País sea realmente un lugar de nuevas oportunidades para los que tuvieron que dejar el suyo. En definitiva, un País que descubra que, a los dos lados del muro, somos y queremos seguir siendo hermanos y no enemigos.

No se vale decir lo que nos da la gana en aras de la libertad de expresión tan cacareada en nuestro tiempo. La diferencia entre libertad y libertinaje radica en que en libertad existe el respeto por los otros además de asumir las consecuencias que conllevan los actos y palabras ejercidos en libertad. Lo decía muy bien Don Benito Juárez, presidente de México, allá por 1858: “el derecho al respeto ajeno es la paz”.

El libertinaje es usar y abusar de la libertad sin tener en cuenta a los demás, ni a las consecuencias que nuestros actos tienen para los otros. Desgraciadamente, muchos de los charlatanes de las libertades propias, no dejan de ser pequeños dictadorzuelos cuando de libertades ajenas se trata.

Me decía una anciana de mi parroquia: “padrecito, a nosotros solo nos queda rezar”. Rezar y votar, le contesté inmediatamente. “Tiene que ser importante su voto, cuando se lo pelean con tanta pasión”, añadí.

La pena es que con el invento de las “fake news” (noticias falsas), parece que el deporte de moda de los políticos es mentir y hacer promesas que saben de antemano que no cumplirán. Tu miente que algo queda, dicen algunos.  Solo hay que darse una vuelta por las hemerotecas del mundo para saber de qué hablo. Digo del mundo, porque no solo aquí cuecen habas. En otros lugares las cuecen a calderadas.

Me han dado una buena noticia: Manuel Segovia ha prorrogado dos semanas más el reparto de despensas de fruta y verdura. Así que seguiremos a lo nuestro, a lo que sabe hacer muy bien la Iglesia, mal que les pese a algunos: dar de comer al hambriento. Al fin de cuentas, las penas con pan son menos.

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