Desde el puente de los sueños: El valor de la vida

¿Cuál es el valor de la vida? Es la pregunta que, a raíz de la muerte de George Floyd a manos de la policía de Minnesota, me martillea el cerebro todos estos días.

Donde no hay amor, siembra amor y recogerás amor, nos enseñaba San Juan de la Cruz. Pero, siguiendo la lógica del argumento, si siembro discordia, supremacismo, división…, voy a recolectar lo mismo que sembré. Y es precisamente lo que estamos viviendo en estos días: la cosecha de un fruto amargo. Hay demasiadas personas heridas que aprovechan cualquier incidente para sacar todo el odio y el rencor que sembraron en su corazón.

Hay, por el contrario, otra gente que intenta poner un poquito de cordura en medio de la barbarie y se hinca defendiendo, como dice el póster que mantiene entre sus manos, que la vida de un negro si importa. Gente como nuestro Obispo Mark Seitz que se arrodilla acompañado de muchos de sus sacerdotes, que quisieron solidarizarse con quienes sufrieron el dolor de la pérdida de un ser querido a manos de la sinrazón. Un gesto tan grande, que el Papa Francisco no dudó en llamarle personalmente para darle gracias por su trabajo en favor de los inmigrantes y por su sensibilidad en contra del racismo.

Tengo vivo en mi memoria el momento de mi secuestro. Estaba aterrorizado tirado en el suelo cuando una persona de color, alguien que no me conocía absolutamente de nada, les dijo a los secuestradores: don’t kill father, kill me (no matéis al Padre, matadme a me). Nunca olvidaré la respuesta del secuestrador: ¿Y a quien le importa un negro?

Ellos sabían perfectamente que la Comunidad Internacional solo actuaría en caso de que los secuestrados fuesen blancos. Curiosamente, descubrí entonces que, incluso entre los blancos, el valor de la vida de un secuestrado dependía de su nacionalidad de origen. Buscaban desesperadamente ciudadanos ingleses o americanos, y se enojaron tremendamente al encontrarse con españoles, austríacos e italianos. Por lo visto, éramos blancos de segunda. Por eso, algunos insistían en matarnos porque no teníamos ningún valor comercial.

En una conversación familiar sobre el problema migratorio, mis sobrinos, después de haberme visitado en Sierra Leona, comentaban que ahora la perspectiva del problema era distinta. Ahora los que se ahogaban en el mediterráneo podían ser Medo, Fatu, Issah, Madie…, personas a las que conocían y querían. Y que, después de vivir lo que habían vivido, no les extrañaba el que alguien buscase un futuro mejor para sus hijos.

Tomando un café en Letyana oí que una persona (¿se puede llamar así?) le decía a otra mientras ojeaba el periódico del día: ¿Cuándo dejarán de venir tanto negro y tanta basura (lo que realmente dijo es tanta mierda, pero no sé si es apropiado escribirlo) a nuestras costas? Me quedé petrificado.

Me encanta la canción del Grupo Viva la Gente ¿De qué color es la piel de Dios? Hay un momento en el que el papá le responde a su hijo que la piel de Dios es negra, amarilla, roja y blanca, y que todos somos iguales a sus ojos. El niño entonces insiste al papá: ¿por qué luchar a causa del color, si todos son iguales a los ojos de Dios?

Continúa la canción: Dios nos ha dado otra oportunidad, de crear un mundo de fraternidad, las diferentes razas han de trabajar, unidas con fuerza de mar a mar.  Ojalá que si aprendamos la lección y la aprovechemos en beneficio de la convivencia humana.                                               

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